Por Lisa Solmirano (*)
Estamos por llegar a Sudáfrica. Nadie durmió en el avión, los chicos están muy ansiosos para eso. Algunos se sienten mal, muchas emociones para estos jóvenes que nunca soñaron que podían estar viviendo la oportunidad de viajar al país sede del Mundial a jugar al fútbol y representar a su país y a las organizaciones que trabajan incansablemente por brindarles un mundo de mayores oportunidades. Hasta que lo soñaron y lo lograron.
Todo parece una eternidad. A la llegada los organizadores del Festival estaban esperando a las delegaciones, mucha alegría y sensación de bienvenida. Llegamos a la "villa deportiva", que es el predio de una escuela de Johannesburgo acondicionada para alojar a más de 400 jóvenes de los cinco continentes. Es el día de llegada de todas las delegaciones, hay muchos jóvenes dando vueltas, ya se empieza a ver la diversidad de lenguas, de procedencias, de formas de vestir, de colores de piel. Los chicos se miran entre ellos, con mucha curiosidad. Los que hablan distinto idioma todavía no se integran, pero estas barreras pronto desaparecerán.
Al segundo día comienzan las actividades. Por la mañana, juegos de integración para romper el hielo y que los chicos comiencen a interactuar. Los coordinadores de organización, los jóvenes líderes y los entrenadores tienen también actividades especiales. Los primeros, de sesión introductoria, donde mediante juegos se da inicio al intercambio de quiénes son y qué hacen en sus organizaciones, que expectativas y miedos tienen para estas próximas dos semanas.
No llamó la atención el hecho de que las expectativas y miedos coincidieran, porque aún cuando vienen todos de distintas latitudes, comparten un propósito común: apoyar el desarrollo de los jóvenes como personas, ampliar sus oportunidades, contribuir a una mejor convivencia en todos los niveles.
Por la tarde, las delegaciones se dividieron en grupos. Las del continente americano tuvieron un taller de prevención de HIV, dictado por organizaciones de Sudáfrica con mucha experiencia en talleres educativos de prevención. Fue interesante ver a los jóvenes jugar y aprender sobre la dimensión de este problema en África del Sur (una de cada cuatro personas está infectada), sobre la importancia de tomar decisiones saludables, sobre el hecho de que no es posible identificar a una persona portadora solo con verla por lo que lo más importante es protegerse siempre.
El tercer día fue intenso para todos: los coordinadores de delegación fueron al Museo del Apartheid y se emocionaron de conocer más de la historia más oscura de Sudáfrica, que fue la opresión de los blancos sobre el resto de la población no blanca (africanos, asiáticos, indios), y la lucha del pueblo africano -con el liderazgo de Nelson Mandela- por terminar con este régimen y lograr una pacificación del país.
Los jóvenes tuvieron juegos, talleres de arte, fotografía, fútbol, todas actividades destinadas a mejorar la integración. Los jóvenes superan sus barreras idiomáticas mediante señas, música y compartiendo intereses. Por la noche, se hicieron las primeras presentaciones culturales de las delegaciones: bailes típicos, canciones, representaciones y juegos fueron parte de la velada que dejó a los que presentaban, rebosantes de orgullo por mostrar sus raíces culturales y a los espectadores, felices de conocer más de la cultura de sus nuevos amigos.
(*) Directora de Fundación Fútbol para el Desarrollo